Dime, alma mía, ¿cuándo dejé de creer en ti?

¿Te acuerdas, alma mía, de cuando éramos niños, cuando jugábamos para divertirnos, cuando éramos esferas indivisibles, cuando éramos hélices y tú improvisabas un río con una bufanda y yo una montaña con un zapato?

¿Recuerdas? te pregunto, amiga mía, ¿lo recuerdas?


Antes de que existiese el espejo que te dice si eso está bien o si está mal; antes, mucho antes de que existiesen los “me gusta”, antes de que esta esfera multicolor dictase los pasos de tu corazón alado, antes de que el imperio nos envenenase con sus recompensas y caminos… Antes, mucho antes de que fuese “un click” el que nos animase a caminar.

¿Recuerdas cuando jugar era transgredir la realidad y poder sentir lo distinto y nada más?

Cuando lo divertido era lo que no veían los otros. Cuando jugar era un rincón comprometido entre tú y yo; un espacio de intimidad articulada por nuestra creatividad inocente, cuando lo eterno era lo que carecía de espejo y reloj, cuando la felicidad era nuestro rostro rebosando plenitud tras ese hermoso viaje…

¿Recuerdas cuando lo almático era convertirse en el juguete, en imposible, y transformar sin pensar en que, al observador, también nuestras quijotadas le tenían que agradar?

¿Recuerdas?, alma mía, ¿Lo recuerdas? Cuando recorríamos las horas montados en un pájaro infantil, cuando no precisábamos palabras para nombrar nuestros saltos y cualquier punto se convertía en pretexto aladopajaril y así hervía la aladuría como magia entre los minutos burlones…

Y ahora estamos tú y yo frente a este espejo voraz, almívoro*, viejo, febril y tembloroso y nos dice que jugar es agradar la vista del otro, que nos invita a mostrar lo que nosotros creemos que precisa aquel que observa tras este plasma multicolor. Y este veneno se me coló en la vértebra, la piel, la médula y ya no jugamos si no es para que nos digan si está bien o si está mal; si nuestro retazo gusta, si nuestra emergencia suscita eco, si nuestro aleteo promueve un gesto de aprobación…

¿Dónde has quedado, alma mía?, ¿qué látigo cerró tu abrir?, ¿qué palabra necesitas para volver a sentir que caminar es delirio?

 

Dime, alma mía, ¿cuándo dejé de creer en ti?

______________

*almívoro: Que se alimenta de almas.

De donde yo vengo.

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