Artistas y Proyectistas. ¿Hacia dónde mira el arte?

¿En qué momento el Arte deja de ser arte para convertirse en comercio?, ¿En momento el ocio se transforma en Neg-ocio, es decir, en negación del ocio? <<“Otium” palabra derivada latina que significa “Otear”, observar. Su hermana en Griego es “Theoría”>>

¿Qué diferencias hay entre un artista pop que llena estadios y la muchacha que hace danza contemporánea en un teatro alternativo o entre el director de “Spiderman” y el de “Las tortugas también vuelan”?

Fácil. Uno ponen la atención de su creación en lo que los otros esperan de él y el otro pone la atención en lo que siente, en la verdad en la que cohabita y no espera que los otros le den una palmada al bajarse del escenario; no espera nada más que decir lo que ve y nosotros aún no hemos visto.

Por eso urge, con necesidad medular, comenzar a tratar nuestras experiencias creativas desde dos lugares distintos. A partir de ahora, llamaremos proyectistas o artistas a este colectivo de sujetos que, con su creatividad, buscan unos resultados distintos.

Llamaremos proyectistas a aquellos creadores que hacen una obra cuyo contenido estético le es necesario a la sociedad para continuar con su red de creencias. Llamaremos artistas a aquellos creadores cuya obra rompe y deslegitima el proceso de normalidad establecido.

El proyectista canta, pinta, escribe, expresa… Su resultado hace que los escuchas ratifiquen lo que conocen, revivan lo olvidado y proyecten lo deseado pero todo desde un hálito de normalidad y comprensión.

 El artista, sin embargo, no busca en su obra que el escucha comprenda y ubique lo que expresa; no busca finales conocidos ni ecográficos ni tampoco procesos comprensibles. Su deseo es escapar de lo racional, de lo narrable.

El deseo del artista no es contarnos un poema y llevarnos al mundo de los unicornios; su deseo es mostrarnos un rastro confuso y permitirnos atravesar la urdimbre pegajosa que antecede a todo puerto y al tarareo nervioso de los puntos suspensivos antes de cruzar la niebla que cubre las puertas de no-sé-qué-lugar.

Precisamente por eso los llamamos proyectistas; porque PROYECTAN lo que la sociedad necesita para seguir afianzándose en sus creencias posibilitadoras o carentes. ¡¡Y es genial!! Ese es su trabajo y lo hacen de maravilla.

Hace tiempo leía un libro de Nietzsche llamado “Schopenhauer como educador”. Al parecer, su editor le dijo al filósofo que tenía que escribir cosas más fáciles para el lector y más cortas. Nietzsche, muy enfadado con la estulticia de aquella Alemania, pensó con el bolsillo y decidió escribir siete fascículos llamados “Consideraciones Intempestivas”. No llegó a publicar más de tres. Dicen que se cansó de facilitar al lector ciertos tesoros que sólo se consiguen cuando el aventurero desea empezar y terminar el viaje, es decir, cuando se compromete con el proceso. ¿Se imaginan subir al Himalaya en ascensor? Ya no sería lo mismo, ¿no? Algo así debió pensar Nietzsche, imagino.

Volvamos. El artista no está al servicio de lo que debe suceder. El artista no se corrige, no está a merced de lo que se espera; está al servicio lo invisible, de lo lento, de una mirada singular e individual. El artista está al servicio de la génesis de un puente que salte de este mundo a uno que todavía no existe.

El artista imprime así su ser en la obra, manifestando cómo el ser humano es un puente entre lo conocido, lo seguro y el devenir de un futuro desconcertante que, como decía nuestro amigo Nietzsche, “se aproxima como con pasos de paloma”. Nos muestra la entraña humana. Al sentir su obra, el espectador queda lleno de preguntas, envuelto por una emoción inefable. ¡Es eso! nos decimos. La magia de la obra de arte es el provocarnos acontecimientos que nos separen de nuestro mundo cotidiano, que nos alejen de la imagen que tenemos de nosotros mismos.

El proyectista proyecta; muestra lo que la sociedad necesita para seguir sintiendo lo que siente. El artista provoca estados de mutismo y asombro, estados de quietud del alma que nos dejan envueltos en una atmósfera de sensaciones que no pueden ser clasificadas ni enunciadas; el artista nos deja llenos de preguntas que no pueden (ni deben) ser respondidas, nos deja en estado aéreo.

Ver una película y necesitar que el bueno gane, escuchar una canción que me lleve a un puerto conocido, bailar para decir algo y que los demás puedan juzgarlo, hacer una escultura que represente la solidaridad (no que responda a su idea de lo que es ser solidario sino a lo que la sociedad dice que es), terminar un libro y que no me deje en la deriva sino que me lleve a la emoción que necesito sentir para seguir sintiendo lo mismo…

Esto del “seguir sintiendo lo mismo” pertenece a nuestra etapa adolescente, al momento en que construimos la parte de nuestra personalidad que busca cobijo en el grupo de referencia. Así es como los adolescentes comienzan a salir al mundo, creando grupos externos que les sirvan de puente para una posterior madurez y ruptura con ese yo provisional. Actualmente, una de las particularidades que definen esta sociedad postmoderna es la “adolescentización”; personas de 40 años que comparten las mismas experiencias y necesidades que un niño de 16.

Cómo saber si estamos frente a un artista o un proyectista. 

Fácil. Si tras la experiencia de sentir su expresión terminas juzgando, usando palabras para definir lo que te pasó “es bueno, es malo, es genial, es horrible, etc” estarás frente a una experiencia de proyectismo; la imagen proyectada no se corresponde con lo que deseas.

Si tras la experiencia creativa simplemente te quedas callado, respiras y tu corazón se expande, es arte.

No niegues si quieres puertas abiertas.
No todo es terapia.

Comentarios (2)

  1. Pingback: ¡Ah! ¿Eres Músico? ¿Y de qué trabajas? (Parte 1) | Julián Bozzo. Mundo Aladuría

  2. Carlos

    Me ha gustado lo de adolescentización de la sociedad. Porque siento muy cerca esa sensación. La de quien teniendo 40 años parece haberse dejado algo pendiente de hacer en la adolescencia. Me refiero a alguien que lo vive como trauma. ¿La sociedad entera afectada por querer vivir como un trauma la vida y no saber ni que la vive como un trauma ni que quiere vivirla como un trauma?. Un poco surrealista y complicado. Pero es así. Esa es la verdad. Precisamente por ser surrealista y complicado es traumático. Pero cuando este mal deja de afectar a la sociedad y empieza a afectar al individuo con sus particularidades entonces empieza el crecimiento (del individuo, primero; y por consiguiente de la sociedad). Cuando lo traumático se hace particular la sociedad deja de envejecer, el individuo deja de envejecer. Entonces uno no rechaza su adolescencia como un pasado irrecuperable (por traumático) sino que acepta su vida como un viaje en el puede ir a la edad que quiera, porque es particular y por eso es de todos. Y lo mismo pasa con la sociedad que no rechaza su adolescencia, sino que la vive como una etapa particular y única, de toda la sociedad. Una etapa que no pasó, como sucede con lo traumático quede quiere tapar y olvidar, sino que se mantiene viva. Viva como la sociedad misma, con todas sus etapas: que están vivas a la vez, porque todas están en todas. No quiero decir mezcladas. Me refiero a que al descender y ascender unas etapas de otras no se comprenden unas sin comprender las otras.

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