La infancia es poesía. La adultez, periodismo.

Imaginen que existiese una persona al terminar su jornada laboral le dijese a los demás cómo se ha comportado en el trabajo: – Miren, hoy estuvo un poco apagado por la mañana, jugó pero no tuvo iniciativa; luego comió bien pero le costó terminar el postre-.
 
Imaginen que eso se lo hacen durante varios años.
 
¿Cómo se sentirían?
 
¿Observados? ¿Evaluados? ¿Coartados?
 
Cuando los niños van a la escuela viven, entre otras cosas, esa realidad.
 
Los adultos vemos lo que somos capaces de medir.
 
Ver nos da control.
 
Su libertad nos asusta.
 
Su incertidumbre nos da pavor.
 
Por eso tratamos de meter sus acciones dentro de saquitos.
 
A esos saquitos los llamamos “cosas que entiendo y está bien medir”.
 
El resto de cosas que nos escapan.
 
Nadie dice: Hoy tu hijo dio volteretas, luego miró por la ventana, hizo remolinos con el pelo y me acarició la piel. Jugó con todos a las palmas y se rió tanto que yo reí con él.
 
Ahí los adultos no vemos nada.
 
No tenemos un saquito para lo que emana vida.
 

La infancia es poesía.

 

La adultez, periodismo.
 
Sólo vemos lo que somos capaces de medir.
 
Y la poesía no se mide.
 
La poesía es la verdad jugando de puntillas.
Son dos niños mirando por la ventana…
 
La poesía es un viaje de ida,
cuyo retorno ni importa ni está asegurado.
 
Pero lo adultos no sabemos de eso.
 
Porque para nosotros ver es sentenciar, ver es controlar,
ver es un viaje de ida y de vuelta.
 
No sabemos simplemente mirar.
 
Necesitamos regresar. Escribir una crónica.
Redactar un texto y enunciar un título.
 
No sabemos mirar la ventana.
 
Alguien nos mató la poesía.
 
Quizás fue un adulto asustado, amedrentado por otro adulto que un día fue niño a cuyos padres nunca le dijeron:
 
“… Hoy tu hijo dio volteretas, luego miró por la ventana, hizo remolinos con el pelo y me acarició la piel. Jugó con todos a las palmas y se rió tanto que yo reí con él…”
 
 
Cuando hables de tu hijo
trata de mirarle con lo ojos con los que él te mira.
 
Al recogerle de la escuela pregúntale por las volteretas,
por la risa de sus amigos, por su ventana favorita…
 
Pregúntale por él.
 
Por las cosas invisibles, por las que nosotros ya no vemos.
No les preguntes en seguida por las notas, lo evidente, lo asustado.
 
Pregúntale por la memoria que trae en sus ojos,
en su cuerpo, en su piel.
Quizás el día de mañana pueda decir que es un adulto
que de pequeño fue poeta.
 
Y de mayor también.
 
(…)
___
 
Nota de mi próximo libro “La Educación de la Luciérnagas”.

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Los niños saben vivir en el «no sé», pero nosotros no
– Maestro. ¿Cuál es la virtud más importante que ha de tener un hombre sabio?

Comentarios (1)

  1. Carlos

    Muy buena

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