En clase se comporta de forma ausente: está sin estar. No se incluye en los juegos y le cuesta estudiar y estar disponible para el aprendizaje y para sus compañeros. Siempre que me ve, me llama papá.

-Yo no soy tu papá- le digo siempre. Ella juega y me dice: “Vale…” y, cuando se marcha, tras darme un abrazo, se despide diciéndome: “¡Adiós, Julián Papá!”.

Hoy, en clase, no quería jugar y, tras hacer una dinámicas, se puso a llorar. “Yo no conozco a mi papá”, me dijo.

En ese momento nos fuimos frente a un espejo y le dije: “¿En qué te pareces a tu Mamá?” y ella me dijo: “En los ojos, la nariz y la frente; las orejas son como las de mi abuela.” “¿Algo más?” “No.” “Bueno, mi vida. Todo eso que no sabes de quién es, es de tu papá. ¿Le ves?, ¿imaginas cómo es tu papá?”

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Sin duda, tomar una decisión trae consigo una factura asociada, un abanico extenso que, en forma de juicio, nos sitúa en una realidad incómoda; la mayoría de las veces nos ubica entre dos mundos que no terminan de cerrarse. Estamos entre lo que deseamos dejar atrás y lo nuevo, que no se termina de abrir debido a nuestra incapacidad para confiar en lo que vendrá.

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Estamos muy acostumbrados a mirarnos con cierta imagen de humildad denostadora  y, a menudo, no nos decimos nada bueno. Tenemos vetado el campo de decirnos: “¡qué bien hago esto o aquello!”. No solemos decirnos eso pero no tenemos problemas en juzgar oscuramente nuestros actos emotivos espontáneos y resuena dentro de nosotros “Tenía que haber hecho esto en vez de aquello”. 

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