¡Ah! ¿Eres Músico? ¿Y de qué trabajas? (Parte 1)

(este texto fue escrito en 2015. Ahora que lo reviso me doy cuenta de varias anotaciones que completaré próximamente) 

Cuando comencé a estudiar pedagogía nadie me dijo: “Espero que tengas suerte, que seas un catedrático reconocido, que tengas un gran despacho y que viajes por todo el mundo con hálito de transformar lo conocido, que encuentres logros y éxitos…”

Nadie dijo tal cosa. Cuando empecé a estudiar pedagogía nadie me dijo nada.

Sin embargo, a medida que iba terminando la carrera y me empezaba a dedicar a la música y en cierta medida al teatro, la gente sí me decía: “¿te vas a dedicar a la música? Espero que tengas suerte y que seas famoso, que ganes muchos premios…”. “¡Qué valiente!”, “Vales mucho, ¿Por qué no vas a la televisión? Seguro que ahí te ven y te cogen… bla bla bla…”.

En 2007, cuando decidí aparcar mis estudios de doctorado, comencé a vivir la realidad musical, encontré innumerables códigos, rémoras y actitudes frente a la vida que en la carrera de pedagogía y en la vida diaria jamás había visto.

De las primeras cosas que observé fue lo estrecho, competitivo, incapaz de fluir por fluir y de darse a la entrega desinteresada que era el mundo artístico. Observé con incredulidad que yacía cierta sombra junto a los artistas, que éstos buscaban la excelencia y el reconocimiento y que se limitaban a encontrar un asidero donde sentirse cómodos y reconocidos. 

A mí eso me pareció muy violento y no lograba entenderlo. 

Yo venía de la pedagogía; de un mundo en el que, como en todos, es necesario el esfuerzo para lograr una meta (ser catedrático, o doctor, o director tiene un camino más o menos claro) y además de esto, la pedagogía es un discurso que en su aprender logra hacer entender lo importante que es la calma, la confianza, el ritmo y la originalidad en los procesos. 

Allá en la carrera tenía un camino claro. Además, tenía sitio dentro de la universidad y sólo necesitaba una firma para continuar con mis estudios y encontrarme, al cabo de unos años, en el despacho de alguna universidad dentro de un departamento pedagógico.

Sin embargo, decidí inclinarme por la música y esta decisión fue claramente por vocación pedagógica. Sentía que tenía la cabeza muy bien amoldada pero que necesitaba conocer, para completar mejor mis estudios, la realidad externa. Un pedagogo es un ser y un sentir que actúan conjuntamente y tiene que ir donde su corazón vibra.

Entonces compaginé mi carrera musical con mi trabajo en varias fundaciones destinadas a la educación social.

El mundo laboral pedagógico no requiere reseña ni comentario en el tema a tratar este escrito. Es un mundo como cualquier otro en el que, si te esfuerzas y te haces notar y valer, puedes lograr ascender y tener un mejor puesto al cabo de los años. Repito: hay un camino, unas normas, un reconocimiento, una sensación de avance, un horizonte…

Sin embargo, en la práctica artística no hay nada de eso. En la práctica artística sólo hay palos de ciego; intentonas locas que al final logran que los artistas estemos enfrentados.

¿Qué le pasa al mundo artístico?, ¿por qué es tan difícil lograr vivir de la música? Estas son algunas de las preguntas que últimamente me hago y para las que me cuesta encontrar respuesta.

Siento que es porque la música no tiene una visión de futuro, porque quizás somos vistos como héroes en la oscuridad de la noche a los que un golpe de suerte les hace salir del anonimato para terminar siendo conocidos. La finalidad del músico/artista es ser conocido.

Pocas veces se habla de un músico como de alguien ducho en lo que hace, como una auténtica eminencia en su campo. Obvio es que aquellas personas como Tomatito, Michel Camilo o Paco de Lucía no entran dentro de la inquietud de mi escrito pues, comparándolo con la pedagogía, sería como hablar de Giroux, Hanna Arendt … es decir, de personas que, por su capacidad y maestría, se sitúan en un universo de virtuosismo alejado. ¡Bien por ellos! Han dedicado sus días o bien a la práctica del instrumento, al cultivo de su imaginación y genialidad o bien han leído, reflexionado y propuesto horizontes invisibles para casi todos y entre ellos han encontrado un reconocimiento.

Sin embargo, un pedagogo cualquiera puede trabajar y dedicarse, en mayor o menor medida, a su labor educativa. Puede entrar en un centro y trabajar de educador y ahí tener la seguridad de un sueldo y de un espacio donde practicar y mejorar, pero un artista no tiene nada de eso. Un artista tiene que buscar un hueco, tiene que enfrentarse a la ausencia de logros, tiene que repensar su duende y practicar y practicar por un sueldo mínimo que, gran parte de las veces, no encuentra continuidad.

Y es ahí donde el artista se encuentra constantemente frente a una realidad que le puede. 

Todo son muros para él; esfuerzos que desmotivan, logros que raras veces sedimentan.

Somos una sociedad que no sueña, que no quiere transformar. Los artistas son transformadores, generadores de versiones del tránsito que supone la vida, personas que aportan a la vida aspectos fundamentales para un desarrollo sano. 

Sin embargo, los artistas que no queremos hacer obras de teatro de Zarzuela o los grupos musicales que no quieren hablar de la novia que les dejó, tenemos los días contados; al menos en este país, al menos en este lugar en el que al decir que “soy músico” la gente te dice: “¡¡¡Genial!!! ¿y en qué trabajas?”

Una sociedad sin artistas es una sociedad muerta. Somos una sociedad ciega a los procesos distintivos de la vida, a la confianza en procesos de realidad distintos, pero más allá de los recortes de un país que se desmorona, están los individuos que, a su vez, han sido criados en leyes educativas ciegas y alejadas de la realidad. 

Somos ciudadanos “anómicos, (término empleado por Durkheim para designar la falta de normas sociales para orientar a un individuo y el cómo ello lleva a los sujetos a estar en la vida como piedras).

Ser artista es ver la realidad con otras gafas, muy a menudo, con cierto tinte visionario. (Convendría, llegado este momento, leer el post Artistas y Proyectistas: ¿Hacia dónde mira el arte?). Muchos de ellos han sido reconocidos tras su muerte y/o ya llegados a la vejez (en este caso me refiero a artistas creadores, no a intérpretes de grandes orquestas). Me refiero a que un artista, como si de un niño con fracaso escolar se tratase, ve la realidad y la impugna; no se la cree. Un artista no puede ser un minero en busca de riqueza y es en lo que nos hemos convertido; en buscadores de riquezas, de reconocimiento por encima de nuestro arte, que es el que nos hace vibrar, sentir y comprender la vida desde otro punto de vista.

Pero no tenemos sitio y nos pasamos gran parte de nuestro hacer artístico luchando contra salas (ellas ni siquiera saben todo el mal que están haciendo no confiando ni trabajando por crear su propia identidad; viviendo así de nuestro público cavan sus propias tumbas), buscando maneras diferentes de promocionarnos, contactando con otros artistas, buscando trabajos… y cada vez nos queda menos tiempo para escucharnos, para sentir lo que nos mueve. Cada vez hay más ira, más ceguera, más rencor, más miradas de reojo y más ruido.

¿Qué pasa para que un músico no pueda tener una carrera musical?, ¿por qué, de tenerla, tiene que ser entre éxitos de grandes giras o teniendo una canción del verano?, ¿por qué el artista no puede tener un sueldo, una seguridad, un reconocimiento social?, ¿por qué el artista o es tremendamente mísero o tremendamente rico?; ¿qué pasa para que no haya nada en la mitad?

Es triste para un músico abandonar lo que siente que quiere hacer y también es triste para una sociedad que eso ocurra porque es una sociedad que anula lo infantil y lo inefable; es una sociedad que no cree en la transformación, pero sería cínico pensar que es el estado quien nos anula con sus recortes y leyes educativas. 

Somos todos. La sociedad no es sólo la suma de individuos. La sociedad, además de eso, limita y posibilita y todos quienes habitamos dentro de ella podemos reflexionar, sentir y ver; todos podemos pensar y actuar de manera distinta. Dicho de otra manera, somos nosotros los responsables de que el arte no tenga la identidad que merece.

Me duele ver cómo compañeros maravillosos de las artes no encuentran su sitio y van ocupando puestos de trabajo que matan su universo creativo. Me duele ver una sociedad donde al final tienes que ser un títere para que te vean. 

Me duele que, en el país en el que vivo, hablar de algo que no sea el abandono de tu novia no tenga eco. Me duele luchar por un mundo distinto en un mundo ciego donde, si no compito y vendo mis aleteos, nunca encontraré un apoyo.

Y así estamos los músicos: promocionándonos en facebook, twitter, etc; vendiendo a ultranza nuestro arte. “TIENEN QUE ESCUCHARME” (no deja de recordarme a esas necesidades que tenemos a los 6 años).

Al final del camino quedan los de siempre. La realidad vence a los diferentes. La realidad quiere escuchar lo de siempre y a los de siempre. La sociedad quiere que distintos autores le canten lo mismo con distintos tonos: canciones que hablan de carencias, obras de teatro que repiten lo que han visto, películas que son remakes de películas más antiguas…

¿Cuál es nuestra opción? no sé ni cuántos amigos míos actores son camareros o cuántos bailarines trabajan poniendo copas o haciendo anuncios. No sé. Y ya digo que no es que sea difícil, es que parece que es imposible. Quizás es el país, la gente que lo habita. Quizás sea un discurso cultural que siempre fue así en estas tierras.

Todo es complejo. Uno no sabe si es que es malo haciendo su labor, si es que la sociedad no quiere escuchar los mensajes que el artista distinto ofrece o si es que en realidad no quieren artistas que narren aspectos que confronten. Incluso puede ser que no se quieran soñadores. También puede ser que no queramos personas distintas, que sobresalgan (resquicios evidente de nuestra ley educativa LOGSE y tantas otras). Quizás no es nuestro lugar, quizás España sea el peor lugar del mundo para ser artista.

Y así parece, dicen muchos que han viajado.

Y entre todo eso estoy yo sintiéndome como un héroe en la búsqueda ciega de su éxito, convencido hasta la médula de que quiero hacer lo que siento aunque también sienta lo pedagógico como aleteo, pero ahora, cerca del final de un año que se desvanece, en una mano tengo la música y el teatro y en la otra habitan mis estudios de pedagogía.

Sé que, si abandono la música, el soñador se vestirá de negro y dejará de existir y es importante justificar (aunque parezca estúpido hacerlo) que el soñador no es un loco que no quiere trabajar sino todo lo contrario; es la esperanza de los hombres grises que habitan este mundo. 

Los soñadores luchan por los demás pues sus sueños en génesis son los sueños de una humanidad distinta aunque a veces terminen siendo individuos apáticos y esquivos. Entiéndanles… sólo han recibido rechazo.

¿Cuál es el lugar posible de un artista, la incomprensión, ser un pobre trabajando de cualquier cosa porque no puede dedicarse aquello que estudió y para lo que se formó? Entendamos que, el caso de muchos músicos, es el caso de gente que ha estudiado 12 años de piano.

 “¡¡¡Señores!!! ¿Doce años estudiando algo para ser cualquier otra cosa?” y no lo comparo con un médico o un maestro que ha estudiando y está trabajando de dependiente; no tiene nada que ver: ahí entran motivaciones personales, situaciones culturales y familiares. 

De alguna manera y en algún lugar pueden encontrar un sitio aunque quizás ahora la cosa esté mucho más difícil.

¿Para qué cantan los poetas?, ¿Para qué bailan los danzarines?, ¿Para qué el arte?

Cada vez que un artista abandona su sueño, pesa más lo contundente.

Cada vez que un artista abandona su sueño, la vida es más monótona.

Cada vez que un artista abandona su sueño, la sociedad aprender a decir “No”.

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