Estamos muy acostumbrados a mirarnos con cierta imagen de humildad denostadora  y, a menudo, no nos decimos nada bueno. Tenemos vetado el campo de decirnos: “¡qué bien hago esto o aquello!”. No solemos decirnos eso pero no tenemos problemas en juzgar oscuramente nuestros actos emotivos espontáneos y resuena dentro de nosotros “Tenía que haber hecho esto en vez de aquello”. 

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En la escuela, las preguntas siempre van dirigidas a que el niño responda y eso le impide ser capaz de jugar con sus bosquejos internos; eso hace imposible que su esencia salga a explorar y a bailar. A nuestra esencia no le interesan los caminos rectos, no le interesa la prisa del otro ni el deseo de cerrar una puerta. Nuestra esencia siente que, cuando cierra una puerta, una parte de ella muere. No le interesa sentenciar ni atar; le interesar dar vueltas, mezclarse, jugar, besar, palpar, recorrer y ser libre. Nuestra esencia quiere poder desligarse de lo antiguo y transitar hacia una nueva forma.

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Si no tomamos este nuevo oleaje a favor, es decir, si no somos capaces de comprender cómo hacer para que la emoción sea bien enseñada/aprendida, al final la convertiremos en otra asignatura más de corte intelectual. Y claro, ¿Quién nos hará caso cuando volvamos a decir que la escuela necesita abrir un espacio de comunicación emocional? ¿Que la escuela necesita un cambio? Si los chicos están aprendiendo en la escuela Educación Emocional y siguen sintiendo incoherencias entre lo que sienten y desean, habremos fracasado.

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