Me llaman la atención aquellas terapias o encuentros en los que el terapeuta nos aconseja y habla por nosotros, diagnostica y analiza. Es muy fácil, piensa uno como profesional, decir lo que “cree que el otro debe oír”, mostrarle nuestro arsenal de frases de “Facebook” y hacer que su prurito mental quede satisfecho. Pero no es así, ni tampoco debe ser así.

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